TRAMPANTOJOS

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Es cierto que siempre estamos seguros de algo cuando conseguimos verlo, «ver para creer» se dice como un término cargado de razones, y esta vez lo que me propongo es vacilar ese juego de palabras y disfrutar una vez más con juegos de niños, donde no todo lo que nos dicen, siempre es «la verdad».

 

No puedes ponerte esos vaqueros viejos, ya no están de moda……(mienten), No puedes tomar hidratos con proteínas, tu salud es muy importante……(mentira) No es bueno perder los estribos, las formas te hacen perder la razón…… (falso)  No tenemos más remedio que reemplazar el microondas, no calienta la leche…….. ummmmmmm…………. (MENTIRAAAAAAAAAA).

Vamos a ver, Sí, Sí y Sííííííí. Sí puedes ponerte la ropa que te dé la gana, esa es tu personalidad y no otra, Sí te puedes comer una tortilla de patatas, si no lo haces tienes un problema grave, Sí que puedes perder los nervios, no eres tú quién lleva tocando la moral de tu vecino los últimos cinco años, y si no haces nada, te esperan al menos cinco años más, y por supuesto, Sí puedes pasar del microondas, ¿ Tengo que explicar esto último?

Mi única intención era la de hablar de un término relacionado con el diseño como es el TRAMPANTOJO. Tan solo le dí una introducción con pequeñas dosis de mala leche para demostrar que en éste, como en todos los gremios, también suceden circustancias que convierten en víctimas a las profesiones como bulgares productos de marketing mal sacados al mercado. El diseño siempre se ve envuelto de una sábana de glamour, caprichos de alta clase social, elegancia o buen gusto, condenado a participar con las modas que los fabricantes líderes imponen y los decoradores entran al juego por «incentivos» profesionales.

El cliente es quien puede terminar con ciertos insultos laborales poniéndose los vaqueros y comiendose su pinchito de tortilla.

Figuradamente, el trampantojo, desde el punto de vista más crítico, es una revelación de la pintura, arquitectura, cine… por sus creadores demostrando que una pared blanca no tiene por que ser simplemente eso. Los egipcios en sus primeras civilizaciones ya lo tenían bien claro, utilizando a sus decoradores incluso para tallar las zonas residuales, simulando grandeza donde no la había, los romanos, para que sus cúpulas fuesen las más grandiosas del mundo entero y sus fachadas pareciesen indestructibles, y nosotros mismos, mirando una película en el cine, donde nos hacen creer que una historia fantástica es autentica, aunque solo sea por unas horas.

Así es, seguro que todos recordamos «Lo que el viento se llevó», con esa increible niña mimada convirtiendose en la mujer más fuerte de todas poniendo a Dios por testigo de que lo que tenía detrás era un decorado con focos y un árbol de cartón piedra. No es mi intención fastidiar una escena tan emblemática, pero posiblemente, muchos ni se lo habían planteado. Ahora olvidarlo y conservar ese recuerdo de la señorita Escarlata intacto, que tiene mucha más magia.

También el teatro se hace eco de los trampantojos, solo tenéis que ir a ver cualquier función de teatro, por muy cutre que sea el decorado, si los actores son buenos, terminareis creyendo que el palacio de Micomicón existe.

No solo está la técnica de pintar el asfalto, o una fachada para impresionar al ciudadano caminante, o jugar con espejos y focos tras las cámaras, y no me refiero a los Super Mega Efectos Especiales que se puedan ver en cualquier superproducción de Hollywood, por ejemplo, «El señor de los anillos» ¿todos la hemos visto verdad?¿Creéis que esa película está totalmente digitalizada? En ese caso, no creo que fuese tán bonita, o no habría tenido tanto éxito (creo yo). La artesanía se mastica engañandonos una vez más con la misma técnica del trampantojo, hasta en situaciones tan sencillas como colocar a nuestro amigo Frodo junto a Gandalf en la pantalla codo con codo, teniendo a los actores separados entre sí al menos dos metros. Sin trucos caros, tenemos a un pequeño hobbit junto al mago mas chulo de todos.

Conclusiones: Nos gusta engañar, mentir o disfrazar la realidad, pero no siempre con la intención de destrozar, romper o destruir. También nos gusta ver una realidad paralela que nos agrade la breve estancia que ocupamos en el mundo, imaginar que creemos que todo puede ser mejor, que existen los duendes y las hadas, y que las cosas que imaginábamos cuando éramos solo unos niños, aún no han desaparecido del todo.

Chema Rubio, Diseñador de interiores.

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